"De vez en cuando te daré una leve historia, un aria melódica y cantabile para romper este cuarteto de cuerda mío, una parte figurativa para abrir un claro en mi selva nutricia." . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . [Agua viva, de Clarice Lispector]


26 feb. 2015

99. Migradas las ganas


[de  internet]

Durante algunos meses, M fue vitamina C, inyectada en centenares de sugus de colores. Recreó también la ilusión de pertenecer al hombre del submarino. Incluso sabía cómo se atropella a una linda muchacha con vestido primaveral sobre un paso de cebra. Le gustaban las historias divertidas, incluso contarlas a su manera. Pero ya no más. Todo eso se dio antes de fallecer sus padres. Ahora se limita a las historias en versión original. Y deja el humor a los otros.

La intensidad a flor de piel de M se carga de nostalgia y recurre al pasado para dejar de respirar por un rato. Y cuando, al fin, llega el ahogo más doloroso y sus sentidos vuelven de nuevo a este mundo, boquea y se llena de luz. Y regresa a su cara de siempre para abordar lo inesperado ofreciendo una sonrisa, esa que tanto le cuesta esconder.


22 feb. 2015

98. Fer-ho dolç



[de Allan Fredrick]

Després de citar-se per carrerons d’una Venècia ja extingida, la jove seduí l’home. I arribaren al llit, en una cambra amb llum d’espelmes. Amb tot, això seu no anava de maratons sexuals. Així que, ella, closa contra ell, li acaronava el pit amb els ungles, o les internava a la barba.  I de tant en tant es feien un petó. Però sobretot eren allà per parlar-se a cau d’orella, per tenir una conversa al ritme esvaït i tremolós de les candeles consumint-se.

D’aquella breu tarda d’hivern a la noia li quedà, temperada per l’escalf del llit propici, la dolça veu de l’home. I, entortolligades entre els seus blecs rinxolats, aquestes darreres paraules:  Desitjar-te em resulta fàcil. Fins i tot inevitable. No marxis mai del meu paisatge. M’hi cals.

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98. Hacerlo dulce

Después de citarse por callejones de una Venecia ya extinta, la joven sedujo al hombre. Y llegaron a la cama, en una estancia a la luz de las velas. Sin embargo, esto suyo no iba de maratones sexuales. Así que, ella, cercada contra él, le acariciaba el pecho con las uñas, o las internaba en la barba. Y de vez en cuando se daban un beso. Pero, sobre todo, estaban allí para hablarse al oído, para tener una conversación al ritmo desvaído y trémulo de las bujías consumiéndose.

De aquella breve tarde de invierno a la muchacha le quedó, atemperada por el calor del lecho propício, la dulce voz del hombre. Y, enroscadas entre sus mechones rizados, estas últimas palabras: Desearte me resulta fácil. Incluso inevitable. No te vayas nunca de mi paisaje. Me haces falta en él.

[de Allan Fredrick]

15 feb. 2015

97. Leo


[by Helmut Newton]








es incendiaria la atracción fatal de los cuerpos

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la belleza lujuriosa bajo la ropa


11 feb. 2015

96. De un solo acto



Aquel hombre salió a escena con dos batutas. Las dejó donde procedía y se volvió para recibir, a pesar de su corta estatura, cada uno de los aplausos llovidos en aquella mañana de domingo. Pues si bien tenía entendido cómo hacer para no desperdiciar ninguno de ellos, en cada ocasión le resultaba una empresa colosal, una empresa para la cual cada día perecía un poco más. Cuando pasaran los ochenta y cuatro minutos de la sinfonía volvería a presenciar una clamorosa precipitación de acompasadas palmadas que si bien parecidas, serían de un calibre bien distinto, ya que con toda probabilidad irían acompañadas de vítores y exclamaciones de todo tipo.

De las batutas de primera hora nadie daría más cuenta; quizás algún oído privilegiado sentado en platea podría establecer sonoridades acordes a cada una de ellas, ya fuera al rematar el allegro o en los compases finales del rondó previo a los dos últimos tempos de composición. Mas sería en vano. Las varitas de madera, a los pies de la partitura, no destilarían sus notas más ingeniosas. Aquella mañana, no. Aquella mañana, el director, en un arrebato sonoro sin precedentes en la historia de su vetusta familia, había arreado con fuerza las cuerdas vocales del ujier de la sala de conciertos después de sorprenderlo en actitud operística con su rusa y serenísima esposa…

[de  internet]

Aquel hombre salió a escena con dos batutas. Sólo él las había visto desangrarse como nunca sobre el rostro atónito del ultraje. Adagio lento sostenuto.

6 feb. 2015

95. D’habitude


[de Alphonse Mucha]

Ya no sabe qué cara tiene. Se conforma con reconocer el perfil apenas conocido cuando, de soslayo, sus ojos interrogan al espejo. Le suena lo que ve. Sigue adelante. La máscara aún aguanta. ¿Podría pasar que se notaran ciertas grietas?
Al llorar esta noche, la casualidad ha querido que el rostro temblara frente a su reflejo. Dolor inverso que tinta de rojo el blanco ocular, que llena de surcos la tersura rosácea de sus labios. Se mira a la cara y no podría jurar que se conoce. La visión ajada de la boca le dice que no es ella. No se parece en nada al recuerdo que tiene de sí misma. Y, aún así, le da un aire. Al menos la extraña no se le abalanza encima e intenta usurparla; sólo la observa, a la expectativa.
Yo creo que está más sorprendida que la otra. Han llegado a estar tan cerca.
En otra noche que se encuentren a lo mejor ninguna de ellas tiene tanta suerte de serenarse al fin, mirar para otro lado y apagar la luz.



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