"De vez en cuando te daré una leve historia, un aria melódica y cantabile para romper este cuarteto de cuerda mío, una parte figurativa para abrir un claro en mi selva nutricia." . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . [Agua viva, de Clarice Lispector]


27 feb. 2016

135. Vapores


[Steppin’out, de Jim Osborne, en su web Osborne Art]







En el vaho del cristal se dibuja el paisaje de ensueño que toda lluvia querría para sí. Deberíamos tomarlo y conformarnos con su humedad cristalina, refugiarnos en el sonido amortiguado de un torrente cayendo a escala sobre la hojarasca y, con el tiempo, acurrucarnos en su delirante torbellino, tras segundos de paz que no volverán. Mas con el dorso de la mano borramos el futuro brumoso del invierno, la piel inflamada todavía de sangre y sol para repeler a la muerte. Resistirse no evitó nunca el devenir de las estaciones.

21 feb. 2016

134. Embastes de la memoria


[Volta Mercerie, Rialto, de Renato Corbettii]

No hace mucho te oí silbar. Pasabas por la bocana de Rialto. Y ya sabes cómo son los callejones, se lo cuchichean todo unos a otros. Y reconocí tu silbido, alto y claro, como un barítono restallando en su escenario. Mi atención se detuvo, esperaba tu silueta a contraluz y, también, ambicionaba no atragantarse con aquello que mis labios apenas podían encerrar. Regresó el sonido a llevarme nuevamente tras tus pasos. Incluso el tiempo se ralentizó en un amago de complicidad. Las nubes, sobre todo dos, ensombrecieron algún que otro tejado, en la tibieza de la jornada. Ansiosa mariposa era yo en medio del trasiego mundano, flotando en la certeza del encuentro. Y algo me tiró de la manga, la costura cayó al suelo, y mis ojos se abrieron a cuatro paredes, carentes de sentido. Mareada, con la sangre mecida e interrumpida de golpe, como si la locura de un gondolero gobernara el desequilibrio, me hallé entre parientes de compromiso, viejas cotorras cortejando a padre en su colorida y estruendosa despedida. Mientras los pedazos de tu recuerdo se alineaban con los alfileres desparramados en la caída. ¡Qué nadie les ponga remedio! Sólo yo tengo derecho a rehacer tan onírico sueño.



Se agota la intensidad de la tinta, el papel amarillea y se cuartea allá donde fue doblado. Ya hace tiempo que el lector acostumbró su retina a la perfecta caligrafía, a los pormenores de esta prácticamente única voz que clama, en su desierto particular, los desmanes de una separación. Sin embargo, es incapaz todavía de ponerle un nombre. Sabe que sin él no podrá reconocerla.
Penzo, con su camisa de sarga negra, desfila orgulloso.





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